{ fragmento antiquísimo ] + capítulo 12: .. . el alma respira con baterías .. . ( escrito por error sobre la tumba de syd cartagena ) . . ..

(Todavía escucho a Lucifer gritando en jodidos llantos la muerte de lo que seria para nosotros un padre, un amante, una hermana, o quizás nuestro hijo. Mi adorado Lucifer, no llores más).

 

... la masa de carne amontonada que se perdía allá, donde comenzaban las avenidas, la gente que gritaba en llantos, como si fuera triturada por el dolor de semejante pérdida, jalándose a si misma, estirándose, tratando de alcanzar la caja con todos los miembros del cuerpo, que a pasos de guerrilla, se iba alejando milímetro a milímetro de los fieles. Frente a nosotros ya pasaban los más coloreados; y al frente de ellos, estaban aquellos que marchaban de primero; pero primero que ellos, porque hay que mencionarlas, estaban las ancianas. Eran cadáveres en vida, inmediatamente detrás del difunto. Ellas se movían con la frente casi en el suelo, así como dobladas para adelante, con tumores en los brazos, retorcidas de mente (lo podía ver en sus miradas), muy arrugadas y lloronas, con algo de autismo, envueltas en ropa negra. En sus dedos dejaban chorrear unos rosarios oscuros. Iban murmurando rezos incomprensibles de religión enferma, ciegas y hediondas a ternura. El cielo estaba roto, cortado al punto de la desfiguración por una gran hojilla que se abrió su camino a través de las nubes, desgarrando un monumental algodón de aire que se suspendía muy arriba, haciendo picadillo de ciertos lunáticos que regresaban a la tierra. Con el paso del filo, una lluvia demencial de sangre divina se desbordó sobre nuestros impermeables. Una crema cardenal se hizo brillante en el pavimento y se escurrió hasta desplomarse por el vacío de las alcantarillas. A los ángeles aún no los podíamos ver, pero olía a ellos. Sentía que estaban presentes. Me quité los audífonos y dejé caer a thomas york en mis muslos. Algo muy jodido comenzaba a sonar entre el gentío. Era un Canto a los Muertos.  A ese coro se le unió un réquiem que llevaba ya rato de fondo, y que tenia una belleza difícil, muy difícil de soportar. - Que cosa tan torcida, hermano - me decía  Gabriel con sus ojitos inmensos y su boca tapada con la mano. - Esta vaina la compuso Mozart después de muerto. Esa pasta musical tenía la facultad de abrirte por la mitad y lamer tus órganos. Parecía salir por las grietas de la calle, cada vez más intensa; soltaba espasmos por unos prensones de cuerdas y marcaban el compás del sublime funeral, en donde unos trasvesties inmensos, algunos niños del Asia, y dos señores mayores (que iban en frente de la majestuosa caja) sostenían el peso del pequeño ataúd de Dios a ambos lados… 

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